El interés por los antiguos pobladores del Imperio de los zares comienza a finales del siglo XVII con Pedro I el Grande y su pasión por el coleccionismo. En aquellos tiempos, cuando proliferaban las «cámaras de las maravillas», es decir, estancias en los palacios dedicadas a acoger todo tipo de antigüedades y curiosidades científicas, el zar mandó construir la Kunstkámera en San Petersburgo, un edificio próximo al palacio de invierno e inaugurado tras su muerte en 1727, cuyas colecciones nutrirían posteriormente el famoso Museo del Hermitage.
Entre sus fondos, gozaba de su especial predilección la llamada Colección Siberiana, un conjunto de objetos de oro acumulados desde la anexión de Siberia en el siglo XVI y su colonización paulatina por parte de pobladores rusos. Por aquel entonces ya se sabía que los kurganes, los antiguos enterramientos bajo túmulo de las estepas, acumulaban grandes tesoros, de manera que la expansión siberiana suscitó la proliferación de bugrovschiki, saqueadores de tumbas y buscadores de tesoros.
El propio zar delegó en el gobernador de Siberia de entonces, el príncipe Matvei Gagarin, la responsabilidad de proveerlo de esos objetos preciosos, que enviaba regularmente a San Petersburgo en grandes lotes. Sin embargo, a Pedro I no solo lo movía el afán coleccionista, sino que también poseía una sana curiosidad por el pasado, llegando a concebir la idea de contribuir a la redacción de una historia científica de Rusia.

Debido a la fiebre desatada entre los bugrovschiki y la sistemática fundición de las piezas de oro, el zar vio la necesidad de tomar medidas de protección para evitar ese pavoroso ritmo de destrucción patrimonial: en 1718 promulgó un decreto que prohibía el saqueo de tumbas bajo pena de muerte. En paralelo, ordenó a las autoridades locales confiscar, registrar, dibujar y documentar el contexto de cualquier hallazgo excepcional, al tiempo que se creaba una expedición arqueológica destinada a recabar antigüedades siberianas y, además, efectuar excavaciones controladas en varios kurganes. Dado que se trabajaba sobre túmulos previamente violados, no se extrajeron importantes cantidades de oro, pero, a cambio se inauguraba en Rusia el nacimiento de la arqueología científica. Estamos en la segunda década del siglo XVIII, pero la fiebre del oro siberiano no remataría hasta mediados de siglo, cuando ya prácticamente todos los túmulos habían sido esquilmados.
Con el reinado de Catalina la Grande Rusia se expande hacia el mar Negro, ocupando territorios igualmente ricos en kurganes, incluso más monumentales que los siberianos. En 1763 se excava el kurgan de Litoy (Ucrania), cuyos ricos depósitos despertaron de nuevo el interés por la antigua cultura de las estepas. Entre los hallazgos arqueológicos destaca una espada corta de hierro con vaina de oro decorada con motivos de animales fantásticos, conectando el estilo del arte animalístico póntico (del Mar Negro) con el siberiano.
Por aquel entonces, el conocimiento positivo de estos lugares y objetos arqueológicos permite ya identificarlos con un pueblo histórico concreto: los escitas. Entonces se traduce del griego clásico al ruso el libro IV de las Historias de Heródoto, precisamente dedicado a los escitas, descubriéndose el estrecho contacto mantenido por los griegos pónticos con estos pueblos del norte.

En el siglo XIX, con el surgimiento de la Academia y la institucionalización de los saberes científicos, emergieron los estudios escíticos como un campo particular y transversal a la filología clásica y la arqueología. Con la excavación en 1830 del kurgan de Kul’-Oba en Crimea, tumba construida por canteros griegos en el siglo IV a.e., que acogía los restos de un rey escita y su consorte, se les «pone cara» a los escitas al descubrirse un vaso de oro con representación detallada de personajes barbudos con ropas de piel y gorros puntiagudos.
Consecutivas excavaciones en kurganes contribuyeron a compatibilizar fuentes arqueológicas con fuentes literarias, permitiendo conocer las redes comerciales que conectaban el mundo escita con otros pueblos, persas, egipcios y, especialmente, con los griegos y su metalurgia, etc.

A comienzos del siglo XX emerge como gran figura historiográfica Mikhail Rostovtzeff, el historiador de la Antigüedad con cuya labor los estudios escíticos alcanzaron plena madurez. Entre tanto, no dejaron de sucederse los estudios siberianos, que venían descubriendo gracias al permafrost (la tierra congelada) importantes restos magníficamente conservados por el efecto del frío. Hablamos de descubrimientos tales como los cuerpos momificados y tatuados de la región de Pazyryk (Altai) —excavaciones entre los años 1920-1950—, además de otros muchos restos orgánicos, irremediablemente perdidos en cualesquiera otras condiciones: fieltros, tejidos de vivos colores, pieles, seda china, tallas de madera… Lo extraordinario de estos restos condujo a la creación del museo más antiguo del Altai, fundado en Barnaul en 1823, aunque ya no se conserven allí ninguno de esos restos escitas.
Además de la materia orgánica, han seguido apareciendo numerosos elementos de cultura material típicamente escita, demostrándose que los guerreros y pastores nómadas del Altai compartían un fondo iconográfico común a los escitas del Mar Negro, acuñándose el término de «arte animalista escita-siberiano». Ya se dio buena cuenta de ello en la obra de Sergei Rudenko de 1953, traducida al inglés en 1970 con el título The Frozen Tombs of Siberia.
La arqueología contemporánea de las tumbas heladas, cuya metodología y ciencias auxiliares aplicadas completan enormemente el panorama histórico conocido hasta el siglo XX, ha transformado profundamente la percepción que teníamos de aquellos pueblos nómadas, llegando a aprehender aspectos de aquellas sociedades que sería difícil haber podido imaginar hace apenas unas décadas atrás.
Con los escitas atravesamos buena parte de Eurasia, desde Europa oriental hasta las profundidades del Asia central. Como dice Barry Cunliffe, este pueblo formó parte de un continuum cultural y estético colosal, cuyas claves analiza en este libro apasionante que quiero desentrañar y compartir con todos vosotros.
Bibliografía
CUNLIFFE, B.