En esta nueva entrega sobre la historia de los escitas, se analiza la imagen que se hacían de los escitas y la información que de ellos nos transmitieron las fuentes escritas de otros pueblos antiguos, como los griegos, los persas y los asirios.
Todas estas civilizaciones del primer milenio a.e., culturas que conocían la ciudad y la escritura, no podían evitar mirar a los pueblos de las estepas, nómadas y ganaderos, habitantes del brumoso septentrión, como la expresión de la alteridad extrema, es decir, de la auténtica barbarie.
Como en todo discurso de alteridad, la construcción de esa imagen responde tanto a la observación de hechos reales como a la ideación de otros muchos, que son los que se aprovechan para reforzar la extrañeza y el rechazo cultural que representan: no solo no conocen la ciudad, sino que además no cultivan cereal ni aceite ni vino, por eso son «comedores de leche». A cambio, su tierra produce importantes materias primas, justificando el interés de comerciar con ellos para acceder a sus ingentes y valiosos recursos de oro, estaño, pieles, caballos, e incluso esclavos.
Además, su proximidad geográfica facilitaba el contacto y la convivencia, especialmente entre los escitas del área póntica, vecinos inmediatos de las colonias griegas del Mar Negro, o los instalados al sur del Cáucaso, lindando con Urartu (entorno a la meseta armenia). Entre estos, fue habitual verlos servir en los ejércitos imperiales aprovechando sus habilidades militares en cuanto expertos en equitación y tiro al arco.

El conocimiento griego
La era de las colonizaciones griegas se inaugura instalando colonias en las riberas del Mar Negro, tan temprano como el siglo VIII a.e., cuando el famoso Mar Hospitalario o Ponto Euxino todavía se consideraba un mar inhóspito, Ponto Axeinos. El proceso habría comenzado con exploraciones comerciales usando este mar como vía de penetración para navegantes egeos avezados, cuyos primeros contactos con los pobladores del entorno habrían abierto Grecia al mundo escita. Con el tiempo, se instalarían colonias permanentes en aquella región, destacando entre las más antiguas Sinope y Trapezus/Trapenzunte en la costa septentrional de Asia Menor, aunque más tarde se instalarían a lo largo de todo el litoral póntico.
Se supone que ahí está el origen de los primeros relatos helénicos sobre aquellos pueblos semi-míticos, denominados por Homero y Hesíodo, los primeros aedos literalizados (poetas cuyas obras fueron fijadas por escrito), como Hipemolgos «ordeñadores de yeguas» y Galactófagos «comedores de leche». Estos etnónimos, evidentemente descriptivos, se acomodan perfectamente al carácter ganadero de los escitas, por lo que cabe pensar que están inspirados en la observación directa de los navegantes y colonizadores griegos del Ponto.
A semejante contexto remitiría la epopeya de Jasón y los Argonautas, que tiene como tema el viaje a la lejana Cólquide, territorio caucásico poco familiar al mundo griego (actual Georgia), para conseguir el talismán mágico del vellocino de oro. Tengamos en cuenta que los mitos griegos solían situar la abundancia de tesoros y objetos maravillosos más allá de los límites exteriores de la Ecúmene, el mundo conocido.
El autor griego a quien debemos más información sobre los escitas occidentales fue Heródoto de Halicarnaso (s. V a.e.) Según su relato aquellos procedían de Asia, llegaron al Ponto impulsados por el empuje de los masagetas y habrían expulsado a los cimerios de la estepa póntica para asentarse en ella. Todos estos son pueblos nómadas históricos, además estrechamente relacionados desde el punto de vista étnico y lingüístico.
Contactos mesopotámicos
A pesar de que el relato herodotiano está cargado de leyenda, es cierto que durante los siglos VIII-VII a.e. varios pueblos nómadas procedentes de Asia Central protagonizaron diversos movimientos migratorios dirigidos tanto hacia la estepa póntica como hacia el sur del Cáucaso y el territorio de los medos (iranios emparentados con los persas). Por aquel entonces el poderoso imperio neoasirio competía con Urartu, reino situado al norte, por el control de sus regiones fronterizas, contexto en el cual los intrusos participaron como aliados o mercenarios. Lo sabemos porque es entonces cuando también aparecen mencionados, tanto cimerios como escitas, en los textos cuneiformes asirios y urarteos.
Por ellos (informes militares, crónicas reales, etc.) sabemos que los cimerios aparecieron en torno a esas fronteras urarteas alrededor de finales del s. VIII a.e.; que más tarde penetraron en Anatolia, tomaron Gordio, la capital del reino Frigio y, finalmente, lo destruyeron. En 652 a.e. conquistaron Sardes, la capital de Lidia, cuando murió su rey Giges. Su acometida alcanzó varias póleis griegas de la Jonia en Asia Menor, poniendo en grave peligro el famoso santuario de Ártemis en Éfeso, cuyo primitivo templo arrasaron.
Los escitas, por su parte, penetraron hasta el lago Urmia, al nordeste de Asiria. Convivieron de manera relativamente pacífica con asirios y medos durante buena parte del siglo VII, hasta el punto de establecer relaciones diplomáticas selladas por inter-matrimonios. Posteriormente, cuando Asiria decayó por causa del emergente imperio caldeo de Babilonia, los escitas aprovecharon para saquear su maltrecho territorio.

Relaciones con el mundo iranio: los saka
Son famosos los relieves de la apadana o gran sala de audiencias del palacio de Persépolis, en los que se representan largos cortejos de hombres de los diferentes pueblos sometidos al poder del Gran Rey llevándole sus presentes. Entre ellos destacan los escitas, identificables por su característica barba, pantalones y gorro puntiagudo, portando caballos, torques y textiles varios. A estos escitas procedentes del sur del Cáucaso y del entorno iranio, se los conocía en Persia como los saka.

Los lejanos escitas pónticos, sin embargo, entraron en contacto con Persia a raíz de la campaña expansionista emprendida por Dario I, que fue contra ellos entre 513-512 a.e. Es probable que esa campaña tuviese como objeto asegurar las rutas comerciales entre Europa y Asia.
El Gran Rey cruzó el Bósforo y llegó hasta el Danubio, frontera meridional del territorio escita. Sin embargo, los escitas evitaron cualquier enfrentamiento en campo abierto, poniendo en práctica las tácticas militares, tan conocidas entre los pueblos ibéricos que se defendieron de Roma, de la guerrilla y de la tierra quemada: destruían los pastos, cegaban las fuentes y retiraban el ganado, obligando a los persas a adentrarse en tierra baldía y a enfrentar constantes ataques rápidos e imprevisibles, convirtiendo toda la operación persa en una pesadilla logística y obligándoles a retirarse.
De vuelta a Grecia
Las colonias griegas del Mar Negro rondaron la centena y, gracias a los contactos directos con el mundo escita que facilitaron, se pudo compilar gran cantidad de información sobre su geografía, costumbres, organización sociopolítica, etc. Debemos la labor de su compilación y transmisión a famosos geógrafos e historiadores griegos, tales como Hecateo de Mileto, Helánico o el ya mencionado Heródoto.

La imposibilidad de contrastar algunos datos con la realidad, llevó durante largo tiempo a cuestionar muchas de las noticias que transmitía Heródoto, llevando a suponer que solo pretendía construir la imagen invertida del mundo civilizado, cuando no simples clichés barbarológicos. Así se interpretaron sus descripciones de los funerales reales escitas, de los rituales de purificación mediante vapores de cáñamo, o la existencia de una verdadera ciudad, Gelono, medio griega medio escita, «rodeada por una muralla alta de treinta estadios [unos 6 km] por cada lado, construida enteramente de madera» (Historias IV 108), que durante mucho tiempo fue considerada una fantasía.
Sin embargo, los descubrimientos arqueológicos realizados desde el siglo XIX han confirmado muchas de sus informaciones, como en el caso de los funerales reales, los «fumaderos» de cannabis o el descubrimiento en la década de 1970 de la verdadera ciudad fortificada de Bel’sk, en el valle del Dnieper, con terraplenes que alcanzaban una circunferencia de 33 km.
Heródoto también describió la geografía histórica de la estepa. Distinguió diversos grupos escitas entre el Danubio y el Don y mencionó pueblos vecinos como los saurómatas, considerados antepasados de los sármatas. Más allá de ellos situó otros pueblos cuyos rasgos fantásticos acusan ya la intervención de la imaginación mítica, como los arimaspos de un solo ojo o los legendarios grifos guardianes del oro. La geografía real daba paso a otra imaginaria a medida que se alejaban del «centro» y alcanzaban las fronteras del mundo conocido, que se identificaba con el mundo plenamente humano.

Además de Heródoto, los escitas estuvieron presentes en la obra de otros autores, como por ejemplo en la atribuida a Hipócrates (el autor de los famosos tratados y juramento «hipocráticos»), Sobre los aires, las aguas y los lugares, con una descripción detallada de los escitas del entorno del mar de Azov.
En la Atenas arcaica y clásica, vemos su figura representada abundantemente en los vasos áticos de figuras rojas y negras, con sus característicos vestidos, gorros e inseparable arco. Su presencia en la ciudad no solo era producto de la imaginación de los pintores, sino que también se habían hecho presentes en abundancia como esclavos en Atenas. Esta polis los empleó desde el s. V como servidores públicos en fuerzas del orden, como guardias y vigilantes. Pero, aunque se dice que también constituyeron contingentes de refuerzo para el ejército hoplítico (la milicia griega), y así se muestra en algunas cerámicas pintadas, no existe evidencia documental de que el ejército hoplítico hubiese incorporado al arquero, ni en el ejército regular ni en la táctica bélica de la falange hoplítica.

La literatura cómica ateniense explotó frecuentemente los estereotipos asociados a ellos. Aristófanes los presentó como personajes grotescos, de habla torpe y con demasiada inclinación hacia el consumo de vino. Aunque haya habido algunos retratos más amables, el tópico del escita borracho se convirtió en una imagen habitual y caricaturizada del bárbaro del norte.
Los contactos continuaron. En el siglo IV a.e., el rey escita Ateas construyó un poderoso reino al norte del mar Negro y llegó a rivalizar con Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro, ante quien habría de perder la vida y, su reino, la hegemonía sobre el Danubio oriental. El avance del poder macedonio ya era imparable.
En época romana, los escitas habían sido en gran medida sustituidos por los sármatas, otro pueblo nómada procedente del este. El poeta latino Ovidio, exiliado en una ciudad ribereña del Mar Negro a comienzos del siglo I, dejó una visión profundamente negativa y melancólica de aquellas regiones fronterizas, describiéndolas como remotas, frías y habitadas por gentes salvajes.
Hemos visto a lo largo de este capítulo las fuentes escritas e iconográficas que nos proporcionan conocimiento sobre los escitas. Se trata de descripciones, informes y representaciones transmitidos por aquellos pueblos letrados que entraron en contacto con ellos, asirios, urarteos, persas, griegos… De esas fuentes se desprende que eran pueblos errantes, que no vivían en ciudades ni cultivaban, sino que se dedicaban al pastoreo y la cría de caballos, pero que también comerciaban intensamente con sus vecinos meridionales, pues estaban en posesión de valiosísimos recursos, no solo materias primas sino también exquisitas manufacturas.
Para Saber Más
- En lo fundamental seguimos a CUNLIFFE, B. The Scythians: Nomad Warriors of the Steppe. OUP. 2017
- Fondo de Cultura Económica tradujo al español la obra de François HARTOG, El espejo de Heródoto (2003), un análisis sobre la «construcción griega de la barbarie» a través de la obra del llamado «padre de la Historia». «Sus escitas» se comprenden mejor a la luz de este estudio de la antropología clásica griega.
HARTOG. El espejo de Heródoto.